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Me fundé Toscadaray en las hogueras de marzo. Bebedor y amador fragoroso.
Estoy legalmente divorciado. Objetivamente solo. Anímicamente expectante.
Soy un muchacho triste que siempre anda contento.
He vivido en muchos barrios de mi ciudad natal, Buenos Aires, pero he dormido en todos.
Tengo la edad justa del tiempo que me resta.
He sido honrado con la distinción de "Parroquiano ilustre" en más de un tugurio.
Poseo un corazón bandolero, surcado por mil cicatrices y muy capaz –por el uso- de convertir una derrota en victoria.
Llevo en el plexo, tatuado el anagrama que reúne el nombre de todas las mujeres.
Soy –por definición tanguera- un atorrante; es decir, una especie de fauno que deambula por los bares en las noches de la gran ciudad: amigo fervoroso, bohemio incorregible, dionisiaco en las mesas e intrépido en los funerales; simpático a veces, cabrón otras y melancólico siempre, hasta la pesadilla.
Quise ser un andaluz, por eso aprendí a caminar entre las sombras, a frotar la niebla, a repetir por soleares coplas muy antiguas.
Soñé ser pirata cada noche y abordé salvajemente la cabellera incendiada de cuanta mujer equivocó mi bandera.
Aprendí con gran destreza la técnica del ojo, sus misterios, por eso tal vez, mi único tesoro resida en los mirares.
Olvidé cada fracaso para reincidir después en cada uno, tanto hasta lograr corporizar al dolor para que fuera mi amigo.
Amo el rumor de los pájaros, la música del agua y los abrazos, la rebelión de los abrazos. Amo la lluvia, el perfume de las hojas quemadas en otoño y las tormentas. Amo la noche, los bodegones hundidos en la noche, los barcos y los puertos, las cocinas humeantes y el canto colectivo.
No hablo del odio, el rostro aciago del amor, porque voto al amor y su faena; mas desprecio la injusticia y la violencia cotidiana de los poderosos sobre los que no tienen nada, así como la intolerancia, la discriminación y la prepotencia, es decir, el fanatismo y sus imbéciles maneras. Aborrezco además a los automóviles porque matan al hombre, más que las fieras; a los teléfonos porque carecen de piel y de temblores y a los aviones porque despojaron del misterio a las enormes distancias.
Me hacen reír –sobre todo- mis amigos. También Búster Keaton y descubrir la semejanza entre animales y personas.
Me hacen llorar los ancianos y los niños en estado de indefensión. Lloro en ocasiones, lo juro, por ciertos tangos y algunas baladas, mientras pienso en aquella mujer de ojos negros, piel cetrina y voluptuosas caderas anchas como el mar, esa que aún no he conocido.
No creo en dios alguno, pero parafraseando al poeta Robert Desnós "tengo un profundo sentido de lo infinito, lo que me hace tan religioso como cualquiera". Pienso, por otra parte, que sin misticismo no hay arte. Todo poeta es místico.
Con paradero incierto, quien intentara encontrarme podrá elegir la cuesta más empinada, treparse a ella, pronunciar 3 veces la palabra "catapulta" y arrojarse. Seguramente me hallará, abrazado al fantasma desnudo de una muchacha, alucinado y cantando, en algún recodo del abismo.
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