toscadaray

y es un infierno alegre mi cabeza

Carta a mis amigos

Publicado el 31 de Octubre, 2006, 15:48. en cronicas.
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Ciudad de San Luís, junio 2004

 

Mis inmensos entrañables ¿Qué es el silencio? ¿Y qué la distancia? Entre nosotros: nada. Nos pensamos, nos intuimos, nos palpamos en el aire y hasta  –algunas veces- nos implicamos en esas mudas, unipersonales conversaciones de lobo estepario que solemos mantener cada uno por su lado. Porque, al fin y al cabo, evocamos para inacabar lo que amamos; como repetimos el gesto de quien no está y en esa repetición instalamos la presencia del ausente. Quiero decir que ni yo me fui, ni ustedes se quedaron; simplemente estamos. Es cierto, unas veces más cerca que otras. Las otras son esas en las que, tragando saliva, nos pulverizamos los ojos contra una pared tan gastada como el propio corazón. Pero están aquellas en las que –como hoy- extendemos el brazo con la copa llena, nos buscamos las miradas en el vientre lavanda de la noche y compartimos el vino bueno.

            Ahora sonrío porque sé que ustedes lo harán desde allí. Y “allí” –como la ciencia determinara un día de estos- “allí” está en el corazón. Ya es sabido por los peritos en el tema, que yo no debo salir a navegar, pues cuando lo hago –irremediablemente- naufrago. Este último naufragio mío, que envidiaría hasta nuestro amadísimo Crusoe, no lo fue tanto por una mujer cierta como por esa lagarta, a veces hermosa por lo insondable y otras –como en esta ocasión- insoportable e inmóvil en su garrafal botella de escarcha. Pero ella –hablo de la soledad, claro- no puede interponerse jamás entre el desarrapado y el deseo.

            Cuando se pierden los beduinos en el desierto, o los tuareg o los bere-beres, digamos en esa otra forma de naufragio, son rescatados siempre por la aparición inexorable de una estrella: Aldebarán. Ahora sonrío nuevamente porque sé que ya están adivinando. Y bueno, sí, tras la inescrutable y dilatada noche, la ubérrima luz: Aldebarán. De mi angustia y su panal de fiebre, mirando hacia el levante, como una irrupción de la dicha – esa viajera precipitada y breve- la vi a ella, entera, insobornable de la oscuridad, rusiente como el dedo de dios.

De aquí en más resumiré porque reirán conmigo y la risa, camaradas, es urgente.

Quizá nos amemos algún día, no lo sé aún. El tiempo, con su traje raído y su falso bigote –porque el tiempo es Chaplin, ustedes lo saben- lo dirá. Hoy estamos juntos y nada más importa.¿Los detalles? Aquí van desplegados, pero antes, que no se diga que la poesía no se anticipa a la realidad. “La mujer de las piernas más largas del mundo”, esa canción que hicimos con Andreoli antes de mi partida, se ha infiltrado en mi balsa como un polizón de nácar.

Como ustedes han sabido advertir, mido 1,66 de estatura. Bien, ella mide 1,85. La lógica impone que ella pesa unos 68 kilos (muy bien distribuidos, les observo, en un cuerpo formidable) frente a mis pobres, discepolianos 51. Pero estas diferencias son una poquedad si pensamos en mis casi 48 años y sus dulces, esplendentes 21. Apenas 20 centímetros, apenas 20 kilos, apenas 20 y tantos años. ¡Oh, magnificencias de la disparidad!

Cuando me dice “te quiero” con sus bellos ojos de agua verde, dudo entre desnudarla o comprarle un alfajor. Cuando, enamorados, caminamos por la ciudad abrazándonos, ella –tiernamente- me toma por los hombros y yo por los muslos  –tiernamente- Cuando nos besamos en la plaza, con descaro juvenil, para allanar el desequilibrio me trepo al monumento del Coronel Pringles. Cuando, extenuada, se duerme y el insomnio me atraviesa con su bandoneón resplandeciente, la mido de sur a norte con un astrolabio y no hallo en esas distancias, finitud alguna; desconcertado entonces, fumo y camino en círculos dentro de sus zapatos. Cuando en cada esquina nos detenemos para mirarnos a los ojos, fijamente, bajo la luz intacta de la luna, ella en la calle, yo sobre el cordón de la vereda, me parece aún más alta que la luz del día que vendrá.

Debo mencionarles que la primera noche juntos sentí que me hundía con el Titanic, solo que yo estaba debajo del trasatlántico. Más tarde me atropelló el tren bala. Al día siguiente, un camión cisterna. Y así, de catástrofes estupendas a cataclismos encantadores, fui desarrollando ciertas tretas de boxeador para absorber todo tipo de embestida. Otra cosa es el beso. Cuando me besa con intensa pasión siento que soy tragado en mi íntegra persona. Entonces soy un caramelo de wisky o una miniatura del Bosco transportada al “Jardín de las delicias”. Para el final, claro, las piernas. Cuando desenfunda esas piernas del jean se detienen los relojes, porque sus piernas no acaban nunca de salir, no terminan de terminar. La habitación se llena de golondrinas que pretenden anidar en esas piernas árboles. Los automóviles intentan ingresar al cuarto, confundiendo a sus piernas con la autopista a Otawa ¿Porqué todos querrán irse a Canadá? ¡No me interesa ir a Canadá! ¿Para qué ir, “si allí no conozco a nadie”? Pero la tarea más dura es convencer a los viñateros que llegan en tropel, de que esas son piernas de mujer y no extensas franjas de terreno donde sembrar las vides.

En fin, mis entrañables. Ella espiga, yo brizna de hierba. Pero nunca me sentí más entusiastamente pequeño. Es mi “giganta”. Soy su “Baudelaire”.

Qué más decirles. Yo estoy bien, salvo por esta maldita tortícolis que únicamente me abandona cuando ella y yo, en la horizontal y suma intimidad, nos abismamos en las bocas y en los cuerpos, bajo las sábanas radiantes de la noche callada.

Beban por mí. Bebo siempre por ustedes. Los abrazo con todo el corazón, muy dulcemente.

Hugo Toscadaray

 


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